martes, 11 de noviembre de 2014

Cuento del rapista amigo de Don Quijote.

A esta sazón dijo el barbero:
–Suplico a vuestras mercedes que se me dé licencia para contar un cuento breve que sucedió en
Sevilla, que, por venir aquí como de molde, me da gana de contarle.
Dio la licencia don Quijote, y el cura y los demás le prestaron atención, y él comenzó desta manera:
–«En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes habían puesto allí por
falto de juicio. Era graduado en cánones por Osuna, pero, aunque lo fuera por Salamanca, según
opinión de muchos, no dejara de ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos años de
recogimiento, se dio a entender que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta imaginación
escribió al arzobispo, suplicándole encarecidamente y con muy concertadas razones le mandase
sacar de aquella miseria en que vivía, pues por la misericordia de Dios había ya cobrado el juicio
perdido; pero que sus parientes, por gozar de la parte de su hacienda, le tenían allí, y, a pesar de la
verdad, querían que fuese loco hasta la muerte.
»El arzobispo, persuadido de muchos billetes concertados y discretos, mandó a un capellán suyo se
informase del retor de la casa si era verdad lo que aquel licenciado le escribía, y que asimesmo
hablase con el loco, y que si le pareciese que tenía juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hízolo así el
capellán, y el retor le dijo que aquel hombre aún se estaba loco: que, puesto que hablaba muchas
veces como persona de grande entendimiento, al cabo disparaba con tantas necedades, que en
muchas y en grandes igualaban a sus primeras discreciones, como se podía hacer la esperiencia
hablándole. Quiso hacerla el capellán, y, poniéndole con el loco, habló con él una hora y más, y en
todo aquel tiempo jamás el loco dijo razón torcida ni disparatada; antes, habló tan atentadamente,
que el capellán fue forzado a creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijo
fue que el retor le tenía ojeriza, por no perder los regalos que sus parientes le hacían porque dijese
que aún estaba loco, y con lúcidos intervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia tenía era
su mucha hacienda, pues, por gozar della sus enemigos, ponían dolo y dudaban de la merced que
Nuestro Señor le había hecho en volverle de bestia en hombre. Finalmente, él habló de manera que
hizo sospechoso al retor, codiciosos y desalmados a sus parientes, y a él tan discreto que el capellán
se determinó a llevársele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con la mano la verdad de aquel
negocio.
»Con esta buena fee, el buen capellán pidió al retor mandase dar los vestidos con que allí había
entrado el licenciado; volvió a decir el retor que mirase lo que hacía, porque, sin duda alguna, el
licenciado aún se estaba loco. No sirvieron de nada para con el capellán las prevenciones y
advertimientos del retor para que dejase de llevarle; obedeció el retor, viendo ser orden del
arzobispo; pusieron al licenciado sus vestidos, que eran nuevos y decentes, y, como él se vio vestido
de cuerdo y desnudo de loco, suplicó al capellán que por caridad le diese licencia para ir a
despedirse de sus compañeros los locos. El capellán dijo que él le quería acompañar y ver los locos
que en la casa había. Subieron, en efeto, y con ellos algunos que se hallaron presentes; y, llegado el
licenciado a una jaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y quieto, le dijo:
‘‘Hermano mío, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que ya Dios ha sido servido, por su
infinita
bondad y misericordia, sin yo merecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca
del poder de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianza en Él, que, pues a
mí me ha vuelto a mi primero estado, también le volverá a él si en Él confía. Yo tendré cuidado de
enviarle algunos regalos que coma, y cómalos en todo caso, que le hago saber que imagino, como
quien ha pasado por ello, que todas nuestras locuras proceden de tener los estómagos vacíos y los
celebros llenos de aire. Esfuércese, esfuércese, que el descaecimiento en los infortunios apoca la
salud y acarrea la muerte’’.
»Todas estas razones del licenciado escuchó otro loco que estaba en otra jaula, frontero de la del
furioso, y, levantándose de una estera vieja donde estaba echado y desnudo en cueros, preguntó a
grandes voces quién era el que se iba sano y cuerdo. El licenciado respondió: ‘‘Yo soy, hermano, el
que me voy; que ya no tengo necesidad de estar más aquí, por lo que doy infinitas gracias a los
cielos, que tan grande merced me han hecho’’. ‘‘Mirad lo que decís, licenciado, no os engañe el
diablo –replicó el loco–; sosegad el pie, y estaos quedito en vuestra casa, y ahorraréis la vuelta’’. ‘‘Yo
sé que estoy bueno –replicó el licenciado–, y no habrá para qué tornar a andar estaciones’’. ‘‘¿Vos
bueno? –dijo el loco–: agora bien, ello dirá; andad con Dios, pero yo os voto a Júpiter, cuya
majestad yo represento en la tierra, que por solo este pecado que hoy comete Sevilla, en sacaros
desta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un tal castigo en ella, que quede memoria dél por
todos los siglos del los siglos, amén. ¿No sabes tú, licenciadillo menguado, que lo podré hacer, pues,
como digo, soy Júpiter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedo y
suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quiero castigar a este ignorante pueblo,
y es con no llover en él ni en todo su distrito y contorno por tres enteros años, que se han de contar
desde el día y punto en que ha sido hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, tú sano, tú cuerdo, y
yo loco, y yo enfermo, y yo atado...? Así pienso llover como pensar ahorcarme’’.
»A las voces y a las razones del loco estuvieron los circustantes atentos, pero nuestro licenciado,
volviéndose a nuestro capellán y asiéndole de las manos, le dijo: ‘‘No tenga vuestra merced pena,
señor mío, ni haga caso de lo que este loco ha dicho, que si él es Júpiter y no quisiere llover, yo, que
soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas, lloveré todas las veces que se me antojare y fuere
menester’’. A lo que respondió el capellán: ‘‘Con todo eso, señor Neptuno, no será bien enojar al
señor Júpiter: vuestra merced se quede en su casa, que otro día, cuando haya más comodidad y más
espacio, volveremos por vuestra merced’’. Rióse el retor y los presentes, por cuya risa se medio
corrió el capellán; desnudaron al licenciado, quedóse en casa y acabóse el cuento.»